Blogia

columnadeopinion

Miradas

La mirada de los otros

Hay una medicina que se ejerce en los salones de los hoteles five stars, en los journals y en las academias. Es interesantísima, deslumbrante, te come la cabeza. Está llena de gente valiosa e inteligente. Pero también está infectada de  fanfarrones y egomaníacos. Es una medicina para médicos, endogámica. Una isla paradisíaca donde el sufrimiento, el dolor o la muerte nunca salen del Power Point. Es seductora y mentirosa. Huele a perfume de free shop. Es falsa como el espejo de la madrastra de Cenicienta.

Pero también está la gente. La mujer que te mira y te pide aire, aire, con la mirada. El hombre que se toma el pecho y cierra la mano como una garra sobre el esternón. El tipo te mira y te pregunta con los ojos si eso es la muerte.  La madre que te pone sobre los brazos a una nena empapada en sudor sacudiéndose en medio de una convulsión. Su mirada te grita que vos sabés, que vos podés, que vos sos Dios y que por eso te la entrega. Una viejita esquelética abandonada en la cama del hospital a la que nadie nunca vino a ver. Te mira. Te pide que le tomes la mano. Que la toques. Porque morirse sin otra piel que roce la suya es inhumano, es indigno, miserable. Y vos le apretás fuerte los dedos flacos y huesudos. Y esperás a que la puta muerte se la lleve en paz. El viejo que te pregunta si sus hijos están afuera. Se queda esperando tu respuesta con sus ojos clavados en los tuyos. Vos dudás. Y le decís que sí, que pasaron toda la noche en vela, que están preocupados, que lo deben querer mucho por la forma en que preguntaban por él. Que más tarde los dejarás pasar aunque sea un ratito. Pero afuera no hay nadie. Le mentiste. Nunca hubo nadie. Después viene la secretaria y te exige que completes un certificado. Te apura para que hagas la epicrisis pendientes. Te llaman del sanatorio para avisarte que las obras sociales no pagaron, que no podrás cobrar por tu trabajo del mes. Entonces llega la mañana. Entregás la guardia y te vas a tu casa.

La calle te resulta extraña, inhóspita. Has perdido los códigos de convivencia. No entendés ninguna de las preocupaciones de la gente. Ni sus tristezas ni sus alegrías. El mundo está cubierto de un velo opaco. Una atmósfera turbia de Jet-lag. Abrís la puerta y tu mujer te recibe como si desde el momento en que te fuiste -36 horas atrás- y el que volvés no hubiese ocurrido nada en tu vida. Hay un agujero de tiempo que nadie, excepto vos, percibe. Te dice que tu hijo tiene fiebre, que llegó la cuota del colegio y que hay que llamar al service del lavarropas. Te encerrás en el baño. Ella te sigue hablando a través de la puerta. Te grita que no orines sobre la tabla del inodoro y que pongas la ropa sucia en el canasto.Te mirás al espejo. Te das lástima. Te duele la espalda. Pensás en tu compañera de guardia. Sabés que ella te entendería. Que no necesitarías decirle nada. Cerrás los ojos y ves sus pechos flotando debajo de la chaqueta. Despeinada. Tirada sobre la cama de abajo. Sobre el piso hay una caja cuadrada de cartón con restos de pizza fría mordisqueados. La escuchás respirar. Ella estira el brazo hacia arriba. Vos bajás el tuyo. Se tocan. Se acarician las manos. Se arpietan hasta hacerse doler. Ahora estás solo en el baño. Afuera tu hijo llora. En la tele una idiota grita y se ríe a carcajadas. Te sacás la ropa. Abrís la ducha. Dejás que el agua te ahogue las ganas de gritar. Te secás. Te ponés el pijama. Buscás en la agenda el número de teléfono del técnico del lavarropas. Tratás de recordar cuántos kilos pesará tu nene. Contás gotitas de Paracetamol: diez, once, doce…

laverdadyotrasmentiras.com/medicina/la-mirada-de-los-otros/

Premisas

Cuando el fin no encuentra su final (encarnizados)

Nos recibimos de médicos con dos ideas grabadas a fuego: nunca, nadie debe morir y siempre hay que hacer algo para evitarlo. Nos lleva la vida entera comprender que eran falsas. Hasta no hace mucho tiempo cumplir con aquel mandato resultaba imposible, la muerte se encargaba de impedir que tuviésemos éxito. Ahora, en cambio, podemos retrasar el fin de la vida. Sostener una agonía por medios artificiales durante mucho tiempo. Esta posibilidad, en ocasiones, nos hace fútiles y peligrosos. A veces el éxito de una maniobra o de un tratamiento representa un fracaso para el paciente. Las razones son muchas y muy complejas. Una de ellas es el malentendido que confunde “permitir” morir con “dejar” morir. Para quienes hemos sido formados con una educación enfática la idea de fin equivale a la de fracaso. La muerte es siempre una derrota. Tenemos sentimientos de culpa y de fallo personal ante el moribundo. Hacemos cosas porque no podemos tolerar no hacer nada, incluso cuando esa sería la mejor opción. Es absurdo, es arrogante y omnipotente. Pero hemos creído en ello como si fuese posible.

Acabo de atender a Rocío. Una paciente a quien conozco desde hace más de diez años. Tiene un tumor retroperitoneal con múltiples metástasis. Le colocamos un marcapasos, tuvo un infarto, ya no es posible operarla ni hacerle más quimioterapia. Tiene 64 años, ha sido maestra y directora de escuela durante toda su vida. Siempre me regala libros que ella lee antes y que vuelve a comprar para mí. Los comentamos en la siguiente visita. Desde hace un mes no quería verme porque bajó mucho de peso – ahora es de 37 kg- y su dentadura postiza ya no le servía. No aceptó venir a verme hasta que no tuvo una prótesis nueva. No quería que yo la viese así. Usa un pañuelo sobre la cabeza que nunca se saca delante de otras personas. Se pinta los labios y los ojos con discreción. No quiso sacarse los pantalones para que yo la revise porque no había podido depilarse las piernas.

Vemos muertos desde muy temprano en nuestra carrera. Pero sólo mucho tiempo después nos enfrentamos a la muerte. Y más tarde aún, a veces demasiado tarde, comprendemos su significado. Nadie nos ha preparado para percibir su sentido profundo y sagrado sino apenas para pelearla a trompadas, para bajar la cabeza y callarnos cada vez que nos gana la pelea. Quienes nos hemos dedicado durante muchos años a atender a personas con enfermedades graves hemos vivido cientos de situaciones que guardamos en la memoria porque nos han enseñado algo. Recordamos una cara, un nombre, una mirada, una mano apretándonos la nuestra. A veces cierro los ojos y revivo una escena que viví hace muchos años: salgo a la sala de espera de la Unidad de Terapia Intensiva y le digo a un hombre que su madre acaba de morir. Lo invito a pasar para que pueda verla. El tipo me sigue pero se detiene en el umbral de la puerta y retrocede tapándose la cara. Lo miro sin entender. –“Está desnuda”, me dice. –“Está muerta”, le digo. –“Eso no tiene ninguna importancia, cúbrala por favor doctor”. Son historias que muestran el abismo que separa a la muerte profesional de la real, de la única y auténtica. De la que tarde o temprano nos alcanzará a todos.

Me trajo una bufanda roja de lana gruesa sin terminar ya que no cree que pueda seguir tejiéndola. Quería tenerla lista para esta fecha pero le resultó imposible.-“Hasta acá llegué, igual te la quería dejar”. No la acepté. Le dije que la quería terminada y no por la mitad. Que ella podría hacerlo. Que todavía teníamos tiempo y que este no sería el último invierno. Le mentí. Yo sé que ya no será posible. Que nunca podrá terminar mi bufanda. Lo aceptó. Sospecho que más por darme el gusto que porque se haya convencido. Envolvió el tejido en un papel madera y lo apoyó sobre sus rodillas. Antes de irse me abrazó con una intensidad rara. Distinta a otras veces. Yo también lo hice. Nos apretamos mucho y durante un largo rato. Ella percibió el mínimo temblor de mis brazos. Mi respiración algo agitada. O no sé qué cosa. Me acarició la cara, me besó varias veces. Creo que nuestros cuerpos se dijeron adiós. Pero no pudimos decirlo con palabras.

Sabemos que nuestros pacientes necesitan un acompañamiento para afrontar el final de sus vidas. Lo sabemos con nuestra razón y lo sentimos en nuestros cuerpos crispados cada vez que nos sentamos al pie de sus camas. Pero nadie nos dijo cómo hacerlo. Creemos que es un conocimiento que deberíamos traer pero que no se puede aprender. Hasta que un día alguien nos demuestra que es posible, que sí podemos aprender a acompañar las emociones ajenas y a no ahogar las propias. Entonces comenzamos a ocuparnos de la persona enferma más que de la enfermedad que padece. Aprendemos a “ser” y no sólo a “hacer”. Leemos, tomamos cursos de postgrado, asistimos a congresos y a simposios para adquirir como médicos las habilidades que teníamos antes de ingresar a la facultad y que habíamos perdido al salir de allí. Las competencias elementales para comprender el sufrimiento ajeno y para permitirnos sentir el propio. La habilidad para articular lo analítico y lo narrativo. Una mañana al entrar a la sala del hospital nos damos cuenta de que podemos escuchar y no sólo preguntar. Que el “escuchatorio” puede articularse con el interrogatorio. Que la gente tiene cosas valiosas para decirnos y que son ellos mismos, con sus propias historias, quienes le dan sentido a la vida que se les termina. Descubrimos que algunos enfermos no se curan pero se sanan. Que ellos se sienten mejor. Y nosotros también.

Antes de salir del consultorio, ayudada por su esposo y su hija, volvió sobre sus pasos. –“Leí en la “Ñ” que publicaron otra novela de Sandor Marai. Esta tendrás que leerla vos solo”. Le tomé las manos. Eran chiquitas y flacas. Puro hueso. Heladas. –“No Rocío, mejor la leemos los dos y después charlamos”. Se acercó a mi oreja en puntas de pie. Tuve que sostenerla. – “No me trates como a una tonta. Vos nunca lo hiciste. Y, a propósito, dejate de joder y sé feliz de una vez por todas. Se te nota en los ojos. Te quiero mucho”. Nunca antes me había tuteado. Jamás le había escuchado decir una palabra grosera. Algo había cambiado esa tarde. –“Yo también te quiero mucho. Estás preciosa maestrita”. Le dije sin pensarlo demasiado.

La decisión de no reanimar a una persona es hoy un derecho. Sin embargo raramente se discute con el paciente o su familia. En otras culturas esto es la norma, entre nosotros evitamos el tema si podemos hacerlo. Mejor no hablar de ciertas cosas. Hay investigaciones que señalan que los médicos realizamos maniobras de reanimación cardiopulmonar hasta en un 85% de los casos aun considerando que serán inútiles o que sólo prolongaran la agonía.

Sin que nos hayamos dado cuenta. Y sin que casi nadie lo mencione. Hemos ido creando entre todos una nueva clase de enfermos. Son nuestros hijos. Somos sus padres irresponsables. Los hemos parido a fuerza de tecnología y encarnizamiento terapéutico. Sobrevivientes maltrechos de nuestras intervenciones. Hoy son una multitud recostada sobre camas inteligentes. Encerrados dentro de sus cuerpos vacíos. Malviven un tiempo muerto que no encuentra su final. En instituciones, en sus casas, en unidades de cuidados paliativos. Son la trágica derrota de nuestros éxitos instrumentales. De la imposición divina que nos impide aceptar la muerte. De la estúpida idea de que es un fracaso y de que los que fracasamos somos nosotros. De la obediente sumisión al mandato que nos asegura siempre tenemos que hacer algo. De nuestra ingenuidad de dioses. De nuestra obstinación en medir resultados fisiológicos. De nuestra ceguera a lo que justifica una existencia. De nuestra sordera a la autonomía y a la voluntad de las personas. De la ignorante idea de que toda vida siempre merece ser vivida. De la loca creencia en que es lógico que el precio para vivir sea dejar de existir. De la resistencia a bajar los brazos cuando ya no hay nada digno para ofrecer. Del adiestramiento desencarnado que nos ha hecho creer que tratamos pantallas, variables, scores, algoritmos. De una educación enfática y hemipléjica.

Rocío salió del consultorio. Vi arrancar el auto y a su sombra pequeña a través de la ventanilla. Su cabeza era un puntito minúsculo cubierto por un pañuelo floreado. Me saludó agitando la mano y mirándome fijo hasta que desapareció sobre la avenida. Me senté para hacer una pausa y recuperarme. Cerré los ojos y reconstruí durante algunos segundos la historia de estos años acompañando el curso de la enfermedad al lado de esa familia.

Son una nueva categoría de pacientes. Una que incluye a familias destrozadas. A madres esclavizadas a esperanzas sin fundamento. A hijos insomnes velando a sus padres que no acaban de morir. Sus ojos que ya no miran nos señalan como un dedo acusador. Allí están, aunque nadie los vea. Detenidos en un camino que no conduce a ninguna parte. Vegetativos, comatosos, alimentados por el largo ombligo del soporte vital. Arrullados por el soplido incesante de los respiradores microprocesados. ¡Despertate!, les susurran sus madres al oído mientras las cantan las nanas de la infancia. ¡Despertate!, pintan sus fans en graffitis callejeros. Pero ellos no despiertan porque no están dormidos. Es nuestra terca obstinación la que los sostiene. Cuando la única pregunta es: ¿podemos hacerlo?, silenciamos otra: ¿debemos hacerlo? Sabemos “qué” hacer, pero ignoramos “para qué” hacerlo. Quitarle la dignidad a la muerte no es menos grave que quitársela a la vida. Una vez más, el sueño de la razón produce monstruos.

Me puse de pie. Sacudí la cabeza como para dar por terminado el episodio. Abrí la puerta y le hice señas a la secretaria para que llamara a otro paciente. Lo vi mientras me frotaba las manos con alcohol. En el suelo, debajo del escritorio. Un paquete de papel madera del que asomaba una bufanda roja. Unos flecos largos de lana gruesa y el tejido apretado con punto Santa Clara. Cortita, peluda y sin terminar.

(Publicado en la revista Lamujerdemivida, Enero 2013).

Vidas

Las dos mujeres del Dr. Arturo

La felicidad es una jaula.

Arturo acaba de cumplir 58 años. Ha sido pediatra durante los últimos treinta. Desde anoche calla y mira el techo sobre la cama de la Unidad Coronaria. Atrapado en su casa, en su consultorio de barrio y en el hospital regional ha sido un hombre bueno, un médico abnegado, un padre sensible y un marido resignado. Como casi todos, aceptó el disfraz que él mismo se puso y actuó el personaje que eligió representar. Pero anoche le dolió el pecho. Un animal enorme se le sentó encima. Percibió el agrio perfume de la muerte y el estruendo del tiempo que se acaba. Lo recibió con serenidad. Como un castigo justo que él mismo reclamaba. Todos somos culpables de algo, pero Arturo tenía plena conciencia de ello y ya no podía soportarlo.

En la sala de espera su mujer llora y hace el repertorio de todo aquello que le recomendó y Arturo nunca hizo. Una serie larga y pormenorizada de trivialidades que ahora la enfermedad le cobra en su nombre. El balance minúsculo de unos pecados que no ofenden a nadie. Un cigarrito a escondidas, sus escapadas de pesca con amigos, el queso de cabra y el salame de campo, el vinito casero y la siesta del domingo. Arturo lo sabe. Y lo prefiere. Desea verse obligado a arrepentirse de sus faltas menores y guardar su auténtica condena para su propia intimidad como un secreto intransferible.

Anoche le dolió el pecho y fue un alivio enorme. Lo esperaba. Sabía que iba a llegar pero ignoraba cuándo. Recibirlo le oprimió el  tórax pero le aligeró el alma. Como un predador al que él nunca le había visto la cara pero sabía que estaba allí, acechándolo desde hacía mucho tiempo. Ese dolor siguió sus pasos hasta tomarlo por el cuello una noche cualquiera. Él necesitaba que eso ocurriera para mirarlo a los ojos y poder nombrarlo. Ahora que se siente algo mejor percibe las cosas tan claras como si una lluvia transparente y pura les hubiera lavado la cara. Piensa, pero por primera vez en décadas, vuelve a pensar en él mismo. Ya no sabe cómo hacerlo. Exiliado de sus propios sueños, exhausto después de una hemorragia que le quitó las ilusiones. Se observa a sí mismo como si fuese otro. La muerte lo rozó con sus alas y le encendió la memoria con una luz siniestra. Un resplandor minúsculo que apenas ilumina su propia derrota.

Quiere hablar. Lo escucho como a tantos otros. Como parte de una ceremonia que conozco bien. Anticipo lo que me va a decir. Cambiarán la historia y los personajes, pero el drama de una vida vista desde la perspectiva de esta cama es un guión que ya han actuado para mí muchos actores.

Hace más de veinte años comparte la vida con la familia de su amigo de la universidad. La tardes de paseo con los chicos, las cenas, los cumpleaños, las navidades y los bautismos. El espectáculo conmovedor de los hijos que crecen y de sus propias vidas que se hunden. La serenidad de los días iguales y el olvido de sí mismos. La felicidad como una jaula. El cautiverio en un mundo donde nunca pasa nada porque ya nadie espera nada. Dos familias que recorren sin sobresaltos un camino que no conduce a ningúna parte.

Apenas comenzada esa amistad tan entrañable Arturo sintió que la mujer de su amigo veía, como él, el estúpido lugar donde se estaban instalando. Como él, percibía ese naufragio voluntario y callaba. Largos silencios los sorprendían mirándose. El agobio de los festejos y las reuniones de fin de semana los ahogaban como un gas venenoso que sólo ellos respiraban.  Comenzaron a intercambiarse libros. Más tarde a subrayar fragmentos que hablaban de lo que no se animaban a decirse. Los textos iban y venían. Se acostumbraron a hablarse de aquella manera silenciosa. Dejaron que Murakami, Pavese, Saramago, Berger o Pessoa hablaran por sus bocas. Los dos se soñaron en secreto muchas madrugadas. Les gustaba coincidir en la cocina o en el pasillo del baño donde el roce fugaz de sus cuerpos les erizaba la piel. Hasta que una tarde se encontraron en la plaza empujando las hamacas de sus hijos bajo el implacable sol del verano. El sonido crujiente de las cadenas los llevó hasta sus propios corazones. Nada en sus cuerpos delataba lo que les estaba sucediendo. El temblor de la proximidad y la certeza de la infinita distancia. Los separaba sólo un paso. Pero ese paso contenía un abismo. No hubo emociones en el tono de la voz. Pero se miraron y se vieron llorar. La mujer quitó la vista como si estuviese ante un demonio. Empujó la hamaca con más fuerza. Habló con los ojos ciegos en el horizonte del domingo. “Esto no puede seguir. ¿Te das cuenta Arturo?, no puede seguir.”

No hubo más libros, ni más miradas, ni silencios compartidos. Esa mujer durmió en su cama como un fantasma y lo acunó en sus noches vacías. Dos décadas de insoportable felicidad familiar les infectaron la sangre hasta hacerlos creer que  habían olvidado lo que jamás sucedió. Una rutina sin sobresaltos los preservó de enfrentar el horror de no haberse atrevido. La sensata cordura de los cobardes los abrigó de la intemperie del mundo. Les cubrió las caras con una máscara de hierro. Les cosió el cuerpo y secó el manantial de todas sus humedades. Se entibiaron los corazones congelados bajo un sol mortífero e impiadoso. El fantasma de la traición los amordazó hasta arrancarles las lenguas. Los éxitos patéticos de la vida cotidiana los distrajeron de lo incurable. Aceptaron lo que creían inevitable. Se acomodaron sin resistencia en la provincia fatal de la desgracia que no se combate y de los sueños que no se persiguen.

Hace apenas quince días las dos familias se reunieron para celebrar la graduación de uno de los hijos de su amigo que se iba a vivir solo. Hubo comidas exquisitas y bebidas prudentes. Lágrimas de despedida y abrazos de dolor ante un hijo que se aleja. Arturo recogió en una bandeja las tazas y los platos y los llevó a la cocina donde la mujer permanecía de pié, paralizada. El chorro de agua salía de la canilla y una montaña de espuma verde desbordaba la pileta. Arturo cerró la canilla. Apoyó la mano sobre el hombro de su amiga. Sin darse vuelta ella le dijo: “¿Sabés Arturo? Vos y yo nos vamos a morir sin habernos atrevido.”  Se dio vuelta y le acarició cara. Deslizó sus dedos largos despacio desde la frente hasta el cuello. Arturo no supo qué hacer. Ella le rodeó la cabeza con los brazos y lo besó en la boca. Su lengua tibia depositó en la de Arturo el veneno mortal de la memoria. Él dejó la bandeja sobre la mesada y se fue. Ella abrió la canilla y terminó de lavar los platos. Otra vez las cosas retornaron a la normalidad. Pero para Arturo ya nada fue igual.

Los espectros del cadáver de sí mismo lo rondaron como una sombra. Volvió a ver el futuro como una alternativa pero tomó conciencia de su brevedad. Pudo ver hacia atrás sobre el camino de su propia vida y lo que vio lo estremeció. No durmió, pero pudo volver a soñar. Por primera vez en muchos años las mujeres se encendieron en la oscuridad de su deseo agonizante. Y fue feliz, y desdichado. Una ventana inesperada le hizo ver su propio cautiverio. Una ventana, como una mujer, siempre tientan a escapar. Pero la huida no es gratuita ni el coraje se encuentra a la vuelta de la esquina. Escuchó esa música prohibida que todos silenciamos pero supo que ya no se sentía capaz de bailarla. Deambuló esos pocos días como un sonámbulo. Lo sobrevolaron los pájaros negros de la autodestrucción y los mortíferos fantasmas del fracaso. Pero anoche le dolió el pecho. Desde entonces piensa, recuerda. Habla y me mira como un chico asustado. Me interroga con la mirada. No nos decimos nada. -Arturo, yo estoy más cerca de tus preguntas que de las respuestas que me pédís. Le aprieto el brazo y él apoya su mano sobre la mía. No termino de darme cuenta de quién consuela a quién. Apago la luz.

Mañana le presentaré su caso a mis compañeros. Les hablaré de moléculas y sustancias que no explican nada a ellos que suponen que lo explican todo.

"La Verdad y otras mentiras" / Medicina y Literatura

Tiempo de vida.

11 años más de vida, pero más enfermos

Descendió la incidencia de las enfermedades infecciosas e infantiles, pero aumentó el impacto de los males crónicos que restan años de vida saludable.

Los hombres y las mujeres viven 11 años más que hace cuatro décadas, pero están más tiempo enfermos.

Es la conclusión del mayor estudio sobre la salud global publicado ayer en la revista The Lancet . Intervinieron cerca de 500 científicos de 50 países que trabajaron por cinco años.

En 1970, la expectativa de vida en las mujeres era de 61,2 años, mientras que la de los hombres, de 56,4 años. En 2010, pasó a 73,3 y 67,5 años, respectivamente.

A pesar de vivir más tiempo, los seres humanos pasamos buena parte de ese tiempo extra enfermos.

Entre 1990 y 2010, la esperanza de vida de los hombres aumentó 4,7 años y de las mujeres, 5,1 años, pero los años extras de buena salud fueron sólo 3,9 años y 4 años respectivamente, lo que sugiere que la enfermedad y la discapacidad están consumiendo más tiempo de nuestras vidas que hace 20 años.

“Uno de los hallazgos de este estudio es que se observan importantes progresos en la disminución de la mortalidad prematura por algunas causas infecciosas en los últimos 20 años, principalmente asociada a la disminución de la mortalidad en menores de cinco años”, explicó Rafael Lozano, experto en salud global del Instituto para la Métrica y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington, quien coordinó el estudio.

Pero mientras el mundo ha ganado una batalla enorme al combatir muchas enfermedades infecciosas, ahora los seres humanos vivimos con problemas crónicos de salud causantes de dolor y discapacidad, explica el científico. “Pueden emerger problemas relacionados con la depresión, la ansiedad o el dolor bajo de espalda que son enfermedades que no matan” dijo Lozano.

Y agregó: “En los adultos mayores la situación es más complicada por los problemas asociados a la pérdida de la visión o de la capacidad auditiva”.

Causa de muerte. En 2010 se produjeron alrededor de 52,8 millones de muertes, mientras que en 1990, fueron 46,5 millones. La tuberculosis y la malaria siguen matando a muchas personas (1,2 millones en 2010), pero proporcionalmente estas enfermedades infecciones dejaron de ser de las más mortíferas.

En contraste, las muertes por cáncer son un tercio más numerosas que hace 20 años y se llegó a los ocho millones de fallecidos en 2010. El cáncer de pulmón es la quinta causa de muerte.

Las enfermedad cardíaca y el accidente cerebro vascular (ACV), las dos primeras causas de muerte, son responsables de una cuarta parte de los fallecimientos (12,9 millones). La enfermedad pulmonar obstructiva crónica (Epoc) es la tercera causa de muerte, mientras que el sida se ubicó sexto.

La diabetes fue responsable de 1,3 millón de decesos hace dos años y se ubicó novena en el ranking .

Las personas fallecidas por accidentes fueron de 5,1 millones y representan casi el 10 por ciento de las muertes globales. De ellas, 1,3 millones se debieron a accidentes de tráfico, lo que supone un aumento del 46 por ciento respecto de 1990.

En Argentina la esperanza de vida pasó de 70 años en 1970 a 79,3 en 2010, para las mujeres. Mientras que en los hombres, el salto fue de 62,7 a 72,5 años. El país de la región que más mejoró este número fue Perú. La expectativa de vida de las mujeres aumentó 22,9 años.

Radiografía

Diferencia. A pesar de un progreso global, aún persisten diferencias entre las regiones. Por ejemplo, la expectativa de vida de las mujeres en Japón es de 85,9 años, mientras que en Haití no alcanza los 44 años. De hecho, esta cifra bajó 5,7 años en este país caribeño. A las carencias de salud se les sumaron los desastres naturales en 2010.

Hambre. La desnutrición ya no es la principal amenaza de la salud infantil, como se mostraba en un estudio similar en 1990. La excepción sigue siendo África.

Maldivas. La esperanza de vida de los hombres de Maldivas aumentó más de 27 años desde 1970 (de 50,2 a 77,5 años) y la de las mujeres, casi 30 años (de 51 a 80,4 años).

Tabaco. El tabaco, incluso para el fumador pasivo, fue el factor de riesgo con la mayor carga en el oeste de Europa y en Canadá y EE.UU., con 6,3 millones de muertes en todo el mundo en 2010.

 

Meditar

La Meditación es tu NATURALEZA

¿Qué es la meditación? ¿Es una técnica que se puede practicar? ¿Es un esfuerzo que tienes que hacer? ¿Es algo que la mente puede lograr? No. Todo lo que la mente es capaz de hacer no puede ser meditación.

Se trata de algo que está más allá de la mente, y en ese terreno la mente resulta absolutamente inútil. La mente no puede acceder a la meditación. Donde termina la mente, comienza la meditación. Es necesario recordar esto, porque en nuestras vidas, hagamos lo que hagamos, lo hacemos a través de la mente; sea lo que sea lo que logramos, lo logramos a través de la mente. Y entonces, cuando nos volvemos hacia adentro, nuevamente empezamos a pensar en términos de técnicas, métodos, acciones, porque toda la experiencia de vida nos muestra que la mente puede lograrlo todo. Sí, a excepción de la meditación, la mente puede lograrlo todo. Todo lo ejecuta la mente, salvo la meditación. Porque la meditación no es un logro;

es un estado previo: es tu naturaleza.

No es necesario adquirirla; sólo es preciso reconocerla, sólo hay que recordarla. Está allí esperándote: basta con darte vuelta y está a tu disposición. Te ha estado acompañando desde siempre.
La meditación es tu naturaleza intrínseca: eres tú, es tu ser, no tiene nada que ver con tus acciones. No puedes tenerla y no puedes no tenerla. No puede ser poseída, pues no es una cosa. Eres tú mismo. Es tu ser.

OSHO

"Recuerda":

Recuerda…

Que siempre existen tres enfoques en cada historia: mi verdad, tu verdad y la Verdad.

Que es más fácil reaccionar que pensar.

Que no importan nuestras circunstancias, lo importante es cómo interpretamos nuestras circunstancias.

Que no podemos forzar a una persona a amarnos, únicamente podemos ser alguien que ama. El resto depende de los demás.

Que requiere años desarrollar la confianza y un segundo destruirla.

Que las personas honestas tienen más éxito al paso del tiempo.

Que todos somos responsables de nuestros actos.

Que existen personas que me quieren mucho, pero no saben expresarlo.

Que la madurez tiene que ver más con la experiencia que hemos vivido, y no tanto con los años que hemos cumplido.

Que hay dos días de la semana por los que no debemos de preocuparnos: “ayer y mañana”. El único momento valioso es “ahora”.

Que aunque quiera mucho a la gente, algunas personas no me devolverán ese amor.

Que no debemos competir contra lo mejor de otros, sino competir con lo mejor de mí.

Que puedo hacer algo por impulso y arrepentirme el resto de mi vida.

Que la pasión de un sentimiento desaparece rápidamente.

Que si no controlo mi actitud, mi actitud me controlara a mí.

Que es más importante que me perdone a mí mismo a que otros me perdonen.

Que no importa si mi corazón está herido, el mundo sigue girando.

Que la violencia atrae más violencia.

Que decir una verdad a medias es peor que una mentira.

Que las personas que critican a los demás, también me criticarán cuando tengan la oportunidad.

Que es difícil ser positivo cuando estoy cansado.

Que hay mucha diferencia entre la perfección y la excelencia.

Que para ser exitosos no tenemos que hacer cosas extraordinarias; mejor hagamos cosas ordinarias, extraordinariamente bien.

Poema atribuido a Mahatma Gandhi

Sociedades.

La idea de sociedad ha perdido todo sentido

Según Touraine, el capital financiero se ha vuelto incontrolable, la democracia es una idea global y la humanidad descubre que prepara su propia destrucción. El papel de las mujeres y del movimiento obrero.

POR ALAIN TOURAINE

Resulta fácil enumerar cambios culturales importantes ocurridos en estos últimos decenios, pero procediendo de esa manera se corre el riesgo de crear imágenes confusas, como si las innovaciones avanzaran en las direcciones más diversas, por ejemplo, la difusión de los movimientos pacifistas y la multiplicación de los actos de guerra o de los genocidios inclusive.

Es preferible tratar de poner en evidencia las transformaciones más importantes, que se manifiestan en los ámbitos más diversos. Grandes ejemplos, como los de Max Weber o Jacob Burckhardt, mostraron que se podía descubrir “el espíritu de una época” siempre y cuando se lo buscara en todos los aspectos de la vida colectiva y no sólo en las ideas.

Con este espíritu, pues, propongo una hipótesis que puede aplicarse a la vez al ámbito de las ideas y al de las prácticas, personales y colectivas, tanto en la vida de las mujeres, como de los hombres, de los jóvenes o los adultos.

El punto de partida que se impone a nosotros es un hecho absolutamente nuevo: por primera vez desde el comienzo de lo que llamamos los tiempos modernos, la mayoría de los capitales disponibles en los centros más avanzados del desarrollo económico se utilizan sin función económica, sin ser transformados en inversión, en crédito o ahorro. Lo que llamamos torpemente la crisis financiera, que culminó en 2008 y afectó a gran parte del mundo, es en realidad ese desbordamiento increíble de la economía por parte de las finanzas. Ese fenómeno se oculta detrás de palabras mal conocidas como “ Hedge Funds ”, “ traders ” o simplemente “ private equity ”, término que no se puede reemplazar por especulación, que generalmente no indica fenómenos tan masivos. Este hecho puede definirse más históricamente. Pensamos durante varios siglos que el capitalismo se incorporaría al fenómeno más general de la industrialización, de la post-industrialización inclusive, o sea de la construcción de las redes de comunicación. Sin embargo, es justamente el capitalismo, entendido como un sistema económico cuya finalidad es la producción de la ganancia, el que desborda a la sociedad industrial y hasta puede llegar incluso a destruirla como lo hizo en 1929 y como casi logró hacerlo nuevamente en 2008.

El capital financiero, desde el momento que está globalizado, se vuelve incontrolable. Ningún actor, político o social, nacional o internacional puede dirigirlo o regularlo. Si admitimos que la vida social y, en particular las instituciones, tienen como función relacionar recursos básicos y valores o normas culturales y sociales, podemos llegar a la conclusión de que la dominación de lo económico por parte de las finanzas significa por la misma razón la destrucción de la vida social. Durante más de un siglo, fuimos educados para pensar que los hechos económicos y los hechos sociales estaban unidos y formaban el núcleo de la vida social. Los liberales, los marxistas, las corrientes más innovadoras entre los historiadores, coincidían en esa afirmación central.

Se ha vuelto falsa, empero. Lo que llamábamos la sociedad, incapaz ahora de transformar recursos en valores y normas, pierde todo sentido, toda unidad. Palabras aparentemente indispensables, como social o sociedad, ya no tienen ningún sentido sobre el cual pueda haber coincidencia. Por consiguiente, la imagen de un vínculo necesario entre una infraestructura y superestructuras, más allá de las maneras en que se definan una y otras, estalla como un cañón cargado con una munición demasiado gruesa.

Esta idea de sociedad, que algunos llaman la sociedad civil para distinguirla bien del Estado, se había desarrollado juntamente con la de democracia, ante todo en Europa occidental y los países formados a partir de modelos europeos. En el resto del mundo se denunciaba más bien a ese Occidente como capitalista, imperialista, colonialista y a la democracia como la pantalla que ocultaba los intereses de los privilegiados. A mediados del siglo XX nos habíamos acostumbrado a dividir el mundo en tres partes: el mundo capitalista, el mundo comunista y el Tercer Mundo en plena descolonización. Lo cual generó una situación paradojal: tanto en el segundo como en el Tercer Mundo se condenó la democracia que parecía ser lo contrario de lo que pretendía ser. Esto llevó a muchos intelectuales y políticos, ligados a la democracia a apoyar regímenes antidemocráticos, porque eran anticapitalistas y anticolonialistas. Fue necesario esperar la primavera árabe para que los dirigentes anticolonialistas, devenidos en dictadores represores, fueran expulsados por su pueblo y sobre todo por una juventud educada pero sin trabajo. Pese a estos fracasos, esta primavera árabe volvió a poner al mundo de pie como lo había hecho la juventud china en la plaza de Tiananmen y como lo hacen los movimientos de oposición a Putin. La democracia se convierte en una idea global, en tanto los colonialismos, viejos y nuevos, pierden terreno.

Simultáneamente y después de dos siglos durante los cuales el hombre se había considerado “amo y señor de la naturaleza”, según palabras de Descartes, la humanidad toda descubre que prepara su propia destrucción y que debe, por lo tanto, transformarse con urgencia en dueña de sí misma y no de las ilusiones de crecimiento a toda costa. El desarrollo sostenible no es lo contrario de lo que hemos vivido; es la combinación de las fuerzas de invención y producción con la capacidad de controlar los efectos de todos los cambios técnicos y económicos.

Lo que forma el tronco común principal de estas transformaciones es el cambio del pensamiento que, después de haber creído que la naturaleza, la ciencia y la historia irán imponiendo cada vez más su ley, descubrió que el sentido principal de una situación era indicado por el de las acciones llevadas a cabo por los grupos humanos que intentan ser los actores de su propia historia, en su voluntad de igualdad, libertad y solidaridad. Este vuelco del pensamiento se produjo en todos los sectores. En particular, “la teoría crítica” derribó al materialismo histórico porque puso el sentido de las situaciones en los propios actores y ya no en los determinantes sociales.

Siguiendo este mismo espíritu general, la democracia, que era definida como el poder de la mayoría, se identifica hoy al menos en igual medida con el respeto de las minorías asociado a la participación de todos en los derechos fundamentales.

Me gustaría agregar otra figura central de este vuelco de nuestras ideas. El movimiento obrero, igual que las luchas anticoloniales, han sido asociados a otro movimiento, de igual importancia, el movimiento de liberación de las mujeres. En el siglo XX, las mujeres conquistaron derechos políticos –que habían adquirido ya a fines del siglo XIX en Uruguay– y posteriormente el derecho de decidir libremente en cuanto al uso de su cuerpo y su sexualidad. Estoy convencido de que en una tercera etapa, las mujeres son las que podrán reconstruir, reintegrar tanto la vida colectiva como la vida personal acabando con la polarización y la dominación impuestas por el poder masculino a las sociedades modernas. Aquí, no obstante, la realidad está atrasada con respecto a la reflexión. La crisis económica mundial provocó un retroceso político y social generalizado que debilitó y retrasó la formación de ese nuevo feminismo ya inscrito, sin embargo, en las ideas.

Nada nos garantiza el éxito en las grandes innovaciones y los grandes conflictos en los que estamos embarcados. Debemos ser por lo menos capaces, empero, de definir la naturaleza de los objetivos más importantes, ésos que hacen surgir las convicciones más activas.

© Alain Touraine y Ñ, 2012. Traducción de Cristina Sardoy.

Límites...

¿Cómo poner límites a nuestros hijos?

Vivimos en una época donde se pone en jaque la autoridad de los padres. La licenciada Patricia Gubbay de Hanono, Directora de Hémera nos explica los beneficios de poner límites y cómo hacerlo.

 

Por Lic. Patricia Gubbay de Hanono
Directora de Hémera

Los límites se ponen con amor. Esto significa que no hace falta ejercer la violencia.
Los límites se ponen con amor. Esto significa que no hace falta ejercer la violencia.

Cuando somos adultos ya sabemos cuáles son las reglas que rigen en la sociedad en la que habitamos. Sabemos entonces que cuando no cumplimos con ellas hay alguien que nos las recuerdan. Aprendimos a convivir con otros gracias a la educación recibida en el núcleo familiar o en la escuela. En otros lugares también, como clubes por ejemplo, donde existe la práctica del deporte, el niño se encuentra con otros en una relación lúdica en la que debe atender a ciertas reglamentaciones. Podríamos decir que esas reglas son barreras necesarias para la convivencia en sociedad. A estas barreras las llamamos límites.

¿A que llamamos límites? ¿Para qué sirven?

Los límites son parte de nuestra vida, son las reglas que regulan el comportamiento. Contienen y permiten vivir mejor porque nos protegen y nos guían para actuar de una manera social y culturalmente aceptada.

Antes nos referimos a los que impartían educación. Podemos volver a citar que los padres, la escuela, y ciertos modelos de identificación como maestros, profesores, guías espirituales, y otros son los que marcan qué tipo de valores son importantes a la hora de tomar ciertas decisiones.

Elegimos dentro de determinados límites. Esto quiere decir que no somos totalmente libres; elegimos dentro de un rango de posibilidades que se nos presentan. Aunque también existe la imaginación y el talento que pueden extender las posibilidades hacia más allá del destino prefijado. El tema de los límites se halla en el campo de un aprendizaje que la humanidad ha venido haciendo desde tiempos remotos. Un ejemplo de esto son los diez mandamientos que contienen las principales normas para convivir en sociedad.

Somos seres sociales, necesitamos del otro, por eso mismo debemos aprender a relacionarnos sabiendo que en todos lados existen reglas. Esa es la parte que le toca a la educación.

Durante la niñez, el poder y la responsabilidad están concentrados en los padres. Son los que nos trasmiten la ley para que en el futuro podamos ser adultos responsables de nosotros mismos y ser parte de la sociedad en la que vivimos. Desde pequeño el niño aprende a ajustarse a horarios de comidas y de sueño. Más tarde aprende a caminar y a trasladarse, su interés esta en explorar el mundo inocente de los peligros que pueden aparecer. Son los padres los que le hacen saber que no debe tocar los enchufes, por ejemplo, ni otros objetos o que pueden resultar peligrosos.

Los padres y cuidadores enseñan reglas como la manera de comportarse con los demás, reglas que naturalmente varían según la cultura de que se trate. No todas las culturas tienen las mismas reglas, y estas además pueden variar en distintos momentos de la historia. Por ejemplo, en la década de los cincuenta el Dr. Benjamin Spock editó un libro que se transformo en material de consulta de padres en etapa de crianza. Lo novedoso era que terminaba con todos los límites que imponía la educación tradicional. Sus ideas eran sinónimos de permisividad. Los padres debían ser sólo contempladores del desarrollo psicoevolutivo de sus hijos. Creía que el ser humano traía dentro suyo toda la educación, y que sólo era cuestión de tiempo para que esta saliese a la luz de manera correcta. Años después rectificó su posición, pidió disculpas por haber creado un método educativo equivocado.

Todos sabemos que si a un niño no se lo limita, no se lo ayuda a salir del narcisismo. Salir del narcisismo significa aprender a vincularse sabiendo que hay otro; condición importantísima para ingresar en el mundo de las diferencias, y así poder madurar y crecer. Los límites lo ayudan a aceptar que existe una ley que pone fin a la fantasía de omnipotencia. Si todo lo que el niño desea se le es dado, no va a existir la frustración que permite abandonar el lugar infantil. Ese espacio en el que él cree que todos sus deseos pueden ser cumplidos en el acto sin importar lo que ocurra alrededor.


¿Cómo se ponen los límites?

Los límites se ponen con amor. Esto significa que no hace falta ejercer la violencia, ni que se debe hacer con agresividad. Alice Miller, una psicoanalista nacida en Polonia, escribió varios libros, entre ellos Por tu propio bien(1980). En este libro la autora denuncia los abusos del tipo de educación que se propone romper la voluntad del niño para convertirlo en un ser dócil y obediente, y demuestra cómo el niño que ha sido golpeado golpeará, el que ha sido humillado humillará, y también se hará daño a si mismo.

Culpabiliza a aquellos padres que ejercen su función de educadores abusando emocionalmente de sus hijos. En lugar de usar su poder para trasmitirles a sus hijos lo que esta bien y lo que esta mal, cambian la forma natural de trasmitir las reglas por una manera violenta que podría traducirse en lo siguiente: “La ley soy yo, se hace así porque yo lo digo, y si no obedeces vas a ser duramente castigado y tu mamá o papá te dejaran de querer”.

Los límites son parte de nuestra vida, son las reglas que regulan el comportamiento.
Los límites son parte de nuestra vida, son las reglas que regulan el comportamiento.

Los niños pequeños dependen y necesitan del amor de los padres para vivir. Es por eso que este tipo de amenazas los hacen sufrir y desesperarse. Esta forma de educar sólo generará, como dije antes, violencia, enojo y resentimiento, emociones no muy adecuadas para ayudarlo a desarrollarse plenamente, y lograr la madurez psicológica.

Los límites también hacen daño cuando no se cuida ni la forma, ni el tiempo, ni el lugar adecuado para su propuesta y aceptación. Cuando a un niño se lo reprende de “malos modos,” con palabras hirientes o con un lenguaje autoritario y humillante, no se está logrando lo esencial. También se debe cuidar de hacerlo en el lugar y en el tiempo adecuado. No es lo mismo hablar con el niño en un clima de tensión y ofuscación que en un momento de serenidad donde podemos trasmitir nuestros deseos de una forma más adecuada.

El lugar es importante. Reprender a un niño en público, delante de personas ajenas generan en este vergüenza y humillación, emociones que tampoco ayudan en el crecimiento y la maduración. Por lo tanto, se debe buscar el lugar y el tiempo apropiado para poner los límites para que estos cumplan la función de ordenadores racionales que tratan de preservar los valores necesarios para la convivencia humana.

En el libro El miedo a los hijos (1992), Jaime Barylco dice que los padres de hoy en día son culpables del miedo de educar, de expresarse libremente, de invadir, y de cercenar los derechos del hijo. Dice que muchos padres, no son verdaderos padres, y que cuando lo son, lo hacen a la defensiva. “Están maniatados por el-no saber-que –hacer”. El miedo los paraliza, y esto no le hace bien a nadie… tampoco a los hijos.

Para los padres poner límites es ejercer su responsabilidad, su compromiso como educadores de sus hijos. Eludir esta responsabilidad es no cuidarlos y no ayudarlos a crecer y desarrollarse como personas.

Sintetizando, los límites son las coordenadas de los valores, de las creencias, de los modales, de las reglas de la coexistencia. Todos estos aspectos conforman la identidad de la persona. En la práctica clínica nosotros vemos a menudo padres que tienen miedo de ejercer la autoridad. Nuestro trabajo es hacerlos concientes de su lugar de padres, o sea que están en un espacio en el que deben impartir reglas y poner límites. Ese es su deber y también su derecho. Con límites también podemos ser libres.